El patriarcado no existe o las invisibles: realidades y desafíos para la equidad en el ámbito laboral.

El patriarcado no existe o las invisibles: realidades y desafíos para la equidad en el ámbito laboral.

“El patriarcado es un invento de las feminazis”,  repiten por las redes lxs detractorxs de la lucha feminista pero ¿qué mejor para rebatir tales afirmaciones que un buen baño de realidad?. 

Por: Bárbara Palumbo (@lohanaberkinsok).

Para hablar del contexto más cercano, podríamos mencionar que en lo que va de la pandemia los índices de desempleo han aumentado pero ¿adivinen qué? Sí, es mayor para las mujeres. ¿Por qué? Porque los trabajos informales, mayoritariamente precarizados, han sido sobre los que más consecuencias tuvo la cuarentena estricta. Es que sigue primando la división sexual del trabajo: continúan siendo mayoría mujeres e identidades feminizadas las que llevan adelante tareas vinculadas al cuidado, tanto en casa como para otrxs.

Por otro lado, a las ya invisibles y no pagas tareas efectuadas en el ámbito familiar, se han sumado, no para pocas mujeres, tareas en modalidad virtual, que implican superposiciones que generan un alto grado de estrés, dado que, al no estar en general garantizados los dispositivos e internet por  parte de lxs empleadorxs, se llevan a cabo con los pocos dispositivos disponibles en la familia, los cuales además se utilizan para la continuidad pedagógica de lxs estudiantes vía remota, todo esto en los mismos espacios físicos donde conviven integrantes de todas las edades que circulan por detrás de las reuniones virtuales junto a las mascotas y otrxs.

Mención central merecen las trabajadoras de la salud, quienes en general, con pocos recursos y condiciones laborales que no siempre respetan los convenios, además de bajos salarios, se han llevado la peor parte de esta pandemia, en cuanto a estrés y carga laboral. 

También sufrieron alto impacto negativo sectores como el turismo, otro de los cuales se encuentra muy feminizado.

Volviendo a las invisibles, el auxilio alimentario en los sectores populares, también es mayoritariamente una tarea feminizada, y hay que resaltar que ha tenido un papel central para sostener a las familias más vulneradas por el contexto pandémico, y no solo en cuanto a alimentación sino también en el acompañamiento a mujeres en situación de violencia de género, las cuales también se vieron incrementadas por el aislamiento. Todo esto sin reconocimiento salarial de ningún tipo.

¿Y qué pasa con las decisiones? Los techos de cristal y pisos pegajosos siguen firmes y solo hemos logrado mayor equidad con normas de paridad. Es que el tan mentado cambio cultural es lento y de largo proceso, lo que queda claro en el creciente número de femicidios y travesticidios, la expresión más extrema de la violencia patriarcal pero que está presente en cada acto cotidiano, desde cómo decimos (decidiendo nombrar o no) hasta en las situaciones de acoso y violencia en el ámbito laboral donde continúan siendo las mujeres la mayoría de quienes las sufren.

Y para aportar datos más concretos citaremos cifras:

Según el último informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la participación laboral de las mujeres fue del 46% en 2020, mientras que las de los varones fue del 69% (para el año 2019 fueron del 52% y 73,6%). En cuanto a la tasa de desocupación, la de las mujeres llegó al 12% en 2020, registrándose una gran salida del mundo laboral para asumir tareas de cuidado en el ámbito de los hogares.  

Según este mismo informe el 73,2 % del personal de la salud en la región son mujeres mientras que sus salarios son un 23,7% inferiores.Respecto del trabajo en casas particulares (remunerado) fue de los sectores más afectados, ya que no se puede realizar de modo remoto, previo a la pandemia 13 millones de personas llevaban a cabo este tipo de trabajo (91,5 % mujeres), en el segundo trimestre de 2020 los niveles de ocupación en dicho sector cayeron, por ejemplo un-24,7% en Brasil, -46,3 % en Chile y un -44,4 % en Colombia. Textual: “Los países con mayor proporción de mujeres ocupadas en el servicio doméstico son Paraguay, Argentina y Brasil, sus ingresos son iguales o inferiores al 50% del promedio de todas las personas ocupadas”

Frente a este panorama cabe plantearnos los desafíos que tenemos por delante.  Uno de los puntos más importantes es que desde lo estados se garantice un Sistema de Cuidados que implique asumir de modo social el cuidado de niñxs, adultxs mayores, personas con enfermedades o discapacidades, de modo tal que las mujeres no se vean obligadas a disminuir la cantidad de horas a dedicar a su participación laboral, social y política. Uruguay es un país que ha dado pasos en este sentido y en Argentina actualmente tenemos el desafío de construirlo.

En cuanto a la división sexual del trabajo, es importante generar conciencia a través de acciones como campañas sistemáticas para derribar estereotipos de género así como cupos en los ámbitos laborales copados por los varones. Mientras tanto luchar por iguales salarios y mejores condiciones laborales para las mujeres que llevan a cabo estas tareas, lucha en la que, obviamente, tienen un papel central los sindicatos y centrales de trabajadores/as.

No solo es un desafío poder rebatir las brechas salariales si no también lograr que las posibilidades de acceso a puestos de decisión no estén vedados para las mujeres e identidades feminizadas, tanto políticas como empresariales. Para ello y, hasta tanto no haya mayor conciencia colectiva de la importancia de revertirlo, es necesario construir normas de cupo y hacer cumplir las existentes. Al respecto también trabajar en dar por tierra mitos tales como el que marca que las mujeres están menos capacitadas: a pesar de la menor cantidad de tiempo del que disponen por las tareas de cuidado, los índices muestran mayor cantidad de mujeres con títulos universitarios.

Países como Argentina han ratificado el Convenio 190 de la OIT, sobre violencia y acoso en el mundo del trabajo. Es necesario que esto suceda en todos los países de la región y vaya tomando carnadura en leyes que instauren protocolos para su prevención y abordaje.

En cuanto a las trabajadoras de la economía popular, la mayoría de las cuales además son promotoras territoriales de género, continuar exigiendo reconocimiento salarial y prioridad en la vacunación por e COVID 19, dado los altos grados de exposición en los que se encuentran. Obviamente también prima cubrir en ese sentido al sector salud y educación, para lo cual no es una lucha menor la liberación de patentes de las vacunas.

Un tema prioritario es pensar presupuestos con perspectiva de género. Sin presupuestos acordes la letra de las normas y discursos no se concreta en hechos y las diferentes formas de violencia en vez de disminuir se incrementan,  con el riesgo de llevar a desenlaces fatídicos. 

No podemos dejar de mencionar, en ese sentido, la importancia de continuar con la formación en perspectiva de género de todo el personal del estado así como de las organizaciones partidarias, sindicales y sociales, que debe ser un proceso sistemático y no superficial, desde los cuadros dirigenciales,  con alcance a todxs lxs trabajadorxs y miembrxs.

Otro tópico es el de las licencias laborales tendientes a la equidad en los cuidados, teniendo en cuenta la conformación actual de las familias, donde muchas veces, por ejemplo, no se tienen en cuenta a las homoparentales. También debemos continuar avanzando en todos los ámbitos en licencias para mujeres y disidencias en situación de violencia de género, garantizando en los ámbitos laborales y sindicales el acompañamiento.

Menuda tarea, de la que no están ausentes las luchas que llevamos a cabo como trabajadoras por el aborto legal, una victoria en la Argentina, o el cumplimiento  y actualización no binaria de la ley de Educación Sexual Integral  o una reforma judicial feminista, en definitiva la lucha por un estado que se responsabilice desde todos sus sectores, de poder erradicar todas las formas de violencias por motivos de género. Grandes desafíos, pero ¡a nuestra tarea nos llamaron!

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