Afganistán: de la revolución de Saur a la guerra eterna. (Parte 2)

Afganistán: de la revolución de Saur a la guerra eterna. 

(Parte 2)
Por: Andrés Ruggeri (@ruggeri.andres)

 

LOS TALIBANES
La guerra civil siguió, ahora entre los distintos y corruptos bandos de los antiguos freedom fighters, hasta que un nuevo grupo, los talibanes (“estudiantes”, por haber salido de las escuelas coránicas de los refugiados en Pakistán), portadores de una versión integrista y reaccionaria del Islam sunnita, pero también de un firme rechazo a la corrupción generalizada de los bandos en pugna, surgió con fuerza inesperada de los territorios de mayoría pastún del sur del país y en apenas dos años tomaron Kabul, en 1996. El régimen talibán fue sumamente conocido por su rígida aplicación de su interpretación integrista de la ley islámica, la opresión de las mujeres a niveles extremos, la destrucción de restos arqueológicos invaluables como los Budas de Bamiyán y, por último, por haberle dado refugio a Bin Laden (antiguo muyahidín entrenado por la CIA contra los rusos) y a Al Qaeda, lo que terminó siendo fatal para su dominio después del atentado a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. 
No fue casualidad que apenas entraron a la capital en 1996 buscaran al antiguo líder del PDP, Najibullah –que siguió viviendo en Kabul y no aceptó un ofrecimiento para salir del país cuando los talibanes se acercaban–, lo capturaran, torturaran ferozmente y lo asesinaran, así como a numerosos militantes del antiguo PDP que no alcanzaron a huir. Para los integristas, la izquierda afgana fue el verdadero enemigo a combatir.
Más allá de lo que todos sabemos a partir de la derrota de los talibanes y su régimen ultra conservador, derribado por la coalición liderada por los Estados Unidos en su “guerra contra el terror”, sus veinte años de resistencia en condiciones muy difíciles demostraron que la contradicción entre modernidad y tradición en un país como Afganistán no se resuelve con guerras ni mucho menos con ocupaciones extranjeras, que solo lograron exacerbar el sentimiento de combatir la humillación nacional y del propio islam. La democracia al estilo occidental puede ser impuesta como forma de gobierno pero las transformaciones sociales y culturales profundas solo pueden ser conducidas por procesos endógenos, a riesgo de hacer fracasar el conjunto de los cambios. Las intervenciones occidentales en los países islámicos tuvieron efectos destructivos y contraproducentes, primero mediante los imperios coloniales del siglo XIX y después apoyando, invariablemente, los regímenes más reaccionarios y las humillaciones y opresiones más flagrantes a los pueblos. Especialmente en el marco de los últimos años de la guerra fría y con las sucesivas invasiones y guerras que fueron destruyendo los Estados que osaban plantear oposición, incluyendo las catastróficas guerras que siguieron a la “primavera árabe”, toda la política occidental parece haber sido pensada para exacerbar la reacción integrista como la forma preferencial de recuperar una dignidad cultural y nacional perdida. La destrucción de la izquierda y los nacionalismos laicos azuzando el conservadurismo religioso fue eficaz para los objetivos geopolíticos de la confrontación con el campo socialista, pero terminó engendrando un monstruo difícil de domar. Es el caso de los talibanes, hijos no buscados de los muyahidines de la libertad apoyados por Reagan y homenajeados por Rambo.

 

¿Y AHORA QUÉ?
La pregunta que se hace Occidente es cómo se puede haber fracasado de tal manera, después de veinte años de ocupación, billones de dólares de inversión y cientos de miles de muertos (en su inmensa mayoría afganos). La confrontación pareciera haber caída en el mismo pantano de la URSS, con la diferencia de que el gobierno apoyado por los Estados Unidos tenía no solo bases más endebles que el del PDP, sino que también era islamista, aunque no tan extremo como el Talibán. En realidad, deberíamos preguntarnos cuándo fue el momento en que la OTAN percibió que estaba envuelta en una guerra cuyos costos empezaron a ser mayores que sus beneficios y por qué no logró salir antes. En los primeros años después de lo que pareció una victoria tan fácil como la de poco después en Irak (de donde también debieron irse con un saldo poco favorable), la ganancia geopolítica, si no económica, parecía ser clara. Los Estados Unidos lograban poner un pie muy firme en Asia Central, un enclave desde donde podía influir o amenazar, según el caso, a Pakistán, la India, las repúblicas ex soviéticas del Asia Central, Rusia, Irán y China. Además, controlar un lucrativo negocio como el tráfico de opio y heroína, riquezas minerales, dominar u obstruir el gasoducto entre el Asia Central y el Índico y, por supuesto, generar una demanda permanente para el complejo militar-industrial. Pero en los últimos años, y más aún con la propia oscilación de la política norteamericana con Donald Trump, esas ganancias empezaron a ser poco lucrativas por los altos costos de la ocupación frente a los escasos resultados. Incluso los negocios extractivistas pasan a ser poco redituables en un país en guerra permanente y con unos rebeldes dispuestos a arruinarlos. En ese sentido, una hipótesis posible sobre la taxativa decisión de los Estados Unidos, que comenzó con un inédito proceso de negociación directa entre el gobierno estadounidense y los talibanes en Doha hace ya tres años, es que es preferible un país estable con un gobierno talibán con el que se pueda hacer negocios (aunque oprima a las mujeres y fusile opositores) que extraer riquezas con un costo enorme de seguridad y logística debido a la insurgencia. 
La otra explicación es que la ganancia geopolítica de la ocupación puede haberse no solo reducido sino invertido. Mantener a raya a los talibanes es un alto costo que además puede beneficiar indirectamente a Rusia y China, que ahora temen que la influencia islamista impulse movimientos locales sunnitas capaces de crear problemas en sus territorios o en los de las repúblicas vecinas de Asia Central. A su vez, el propio Irán, que como potencia chiita está profundamente enfrentada a los talibanes sunnitas, deberá afrontar un nuevo enemigo hasta ahora mantenido a raya en una alianza tácita con los Estados Unidos. Es decir, la retirada le podría quitar a los norteamericanos un problema de encima (costoso en recursos y vidas, y cada vez menos eficaz para asegurar negocios) y sumarle preocupaciones a las potencias rivales. 
Sin embargo, y contra el discurso mediático que unifica a todos los musulmanes como terroristas, los talibanes no tienen tradición ni demostraron interés en combatir a los occidentales mediante el terrorismo por fuera de las fronteras afganas. Su único desliz en ese sentido (y cuyas consecuencias pagaron largamente) fue haberle dado refugio a Bin Laden y Al Qaeda. En cambio, han combatido con las armas al ISIS cuando quiso instalarse en su territorio. En sus propias declaraciones, sus dirigentes se muestran conscientes de que el apoyo al terrorismo y la cuestión de la situación de las mujeres son temas sensibles a Occidente e intentaron tranquilizar sobre esa cuestión (lo que no significa que tengan interés en mejorar sus políticas sobre el particular), mientras abren negociaciones con China y Rusia. 
La caída de Kabul habrá sido repentina pero no inesperada. Los Estados Unidos sabían muy bien que era cuestión de tiempo y confiaban, quizá ingenuamente si es posible que tal cosa le suceda al imperio, en que el ejército afgano en que tanto dinero y esfuerzo invirtieron pudiera resistir más tiempo. La realidad fue que se desmoronó porque estaba infiltrado por los talibanes, en parte, y porque tanto por su corrupción como por su falta de convicciones no estaba dispuesto a pelear sin el poderoso aliado. En el cálculo de Trump, compartido evidentemente por Biden, está el hecho de que, además de su conservadurismo e integrismo fanático, nada indica que no se pueda hacer negocios con los talibanes especialmente si estos son capaces de mantener pacificado al país. Como ejemplo de esta situación, basta recordar las negociaciones que el empresario argentino Carlos Bulgheroni entabló con los talibanes en su versión anterior durante los 90. 
La gran derrota de la modernidad, entendida desde los derechos sociales y laborales, incluyendo la igualdad de las mujeres, y de la posibilidad de un régimen político laico, no fue hace unos días en Kabul con la huida del gobierno de Ghani. Fue en 1992 con la derrota de Najibullahj, o incluso en 1979, cuando la Unión Soviética se metió en el pantano de una guerra en la que no debería haber entrado (ni siquiera por una ganancia geopolítica) y que terminó condenando a la izquierda afgana a una debacle histórica.

1 Las primeras negociaciones entre los Estados Unidos y los talibanes se dieron en 2011 en Katar.

Comentarios sobre “Afganistán: de la revolución de Saur a la guerra eterna. (Parte 2)

  • 30 agosto, 2021 at 8:40 pm
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    Muy buena continuación

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