Desasosiego, notas sobre el tiempo del fin.

Desasosiego, notas sobre el tiempo del fin.

 

Se vuelve casi inevitable no participar, cada tanto, en alguna conversación que haga referencia a las crisis en los fenómenos naturales, desde el aumento y reducción bruscos de la temperatura, sequías impensadas, bajas históricas en los cauces de agua, incendios e inundaciones, solo por nombrar algunas. Lo cierto es que estos avatares se han agudizado y es cada vez mayor el número de personas que se ven abatidos por ellos, de lo que no queda exceptuada tampoco la biodiversidad en su conjunto. Pero, ¿a qué obedece la trágica aceleración de estos cambios?
Por Nicolás Ramírez y Enrique Bordón  (@liberacion.corriente)

 

En el año 2000, Paul Crutzen -químico neerlandés, ganador del premio Nobel de química en 1995- acuñó el concepto ‘Antropoceno’ para hacer referencia a una nueva era geológica que estaba atravesando el planeta Tierra. Esta nueva era se distinguía de sus antecesoras por el dominio de una especie en particular -el ser humano- que cobra carácter de fuerza geológica. Palabras más, palabras menos, este se volvió el principal agente en influir en las formas y condiciones de vida y en la reproducción de esta en todo el planeta. 
El momento en que se habría iniciado esta nueva era geológica es eje de profundos debates ya que dentro de la comunidad científica hay quienes proponen los orígenes de la agricultura y otros hablan de un comienzo más reciente, dado por la primera Revolución Industrial del siglo XVIII o, incluso, el siglo XX. Quienes ofician de interlocutores en esta nota, optamos por asumir un inicio más bien tardío, partiendo de la primera Revolución Industrial y se debe a que  no es sino a estos períodos tardíos en que el mundo en  general sufrió grandes cambios, a saber la invención y refinamiento de diversas fuentes de energía (los combustibles fósiles), la electricidad y las innovaciones que esto trajo aparejado, la consolidación de la industrias, el perfeccionamiento de diversas máquinas, medios de transporte, la amplificación de la escala de las ciudades, la explotación sistemática de recursos naturales, guerras por dichos recursos, experimentos nucleares y hasta la devastación de grandes extensiones de tierra que quedaron completamente inhabitables. En pocas palabras, durante este período, el mundo vivió el crecimiento y consolidación de un sistema de organización socioeconómico que continúa hasta la actualidad, el capitalismo. 
A lo largo de estos períodos y sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, el desarrollo -entendido como una especie de carrera progresiva apoyada en el perfeccionamiento de diversas formas de tecnología- nos iba a llevar como humanidad al ‘pináculo de la evolución’. Ciertamente, en la actualidad nada parece más desacertado que el entusiasmo desarrollista de aquellos tiempos, el que nos ha llevado a reafirmar y fomentar el antagonismo entre humanidad y naturaleza, donde la primera tiene por fin imponerse a la segunda para su subsistencia . Esta perspectiva, fundamentalmente occidental, se sustentaba bajo los intereses concretos del capital y su imposición como única forma de organización social posible. 
Es justamente en este punto donde otro debate entra en escena. Esta era geológica, que atravesamos en la actualidad, a la que en un principio denominamos Antropoceno, posee diversas formas de denominación y una de estas, quizá la más interesante, es Capitaloceno. Esta acepción, que no es una simple variación de nomenclatura, fue acuñada por un conjunto de investigadores que señalan que en la actualidad el planeta entero se encuentra cubierto por las huellas del capital y es su lógica la que debe ser puesta en cuestionamiento en tanto principio de organización de los últimos 200 años. De esta manera, se corre el eje del debate desde las personas -entendidas desde una humanidad homogénea- hacia el capital, suponiendo a éste como un conjunto de grupos económicos compuesto por un porcentaje muy pequeño de la población mundial. 
Es así que el concepto de Capitaloceno pone el foco en puntos bien precisos que ofician de críticas a la noción de Antropoceno, ya que desnaturaliza la crisis y la ubica en el marco de las relaciones capitalistas de producción. En la actualidad, el planeta entero se encuentra cubierto por la huella del capital, haciendo difícil estudiar las relaciones sociales capitalistas sin cuestionar los modos de producción y sus tecnologías fomentado en algún punto del desarrollo y su dominio sobre la naturaleza –por ejemplo: nuevas tecnologías para hacer frente a las inclemencias climáticas enumeradas en un principio – y son las élites [del norte] las que toman decisiones ambientales sobre todo el planeta. 
En este punto, nos vemos interpelados: en tanto el mundo y todas las formas de vida se ven sacudidos por distintos fenómenos de devastación, ¿qué propuestas y posibilidades se abren para encarar un proyecto transformador? Por principio, debemos decir que los planteos que se nuclean en el llamado “capitalismo verde”, lejos de preocuparse por el bienestar de la biodiversidad persiguen nuevas formas de reinventarse sin perder su hegemonía. No se plantea dejar de explotar los recursos naturales, por el contrario, se reincide en esto que algunos autores denominan “naturaleza barata”, es decir, los four cheaps (cuatro baratos): trabajo, energía, alimento y  materia prima, relaciones de valor que se han restaurado periódicamente una y otra vez, a pesar de las reiteradas señales de agotamiento. 
Por supuesto, esto pone una luz de alerta y nos lleva a preguntarnos respecto a ciertos movimientos ambientalistas que cobraron gran auge en las últimas décadas, movimientos que se articulan bajo ciertas consignas que ‘responsabilizan’ a la humanidad toda -sin distinciones- de su propia devastación. No obstante, Maristella Svampa (2020), investigadora y escritora argentina, formula una propuesta interesante para poder leer estos fenómenos sin caer en vicios totalizantes que deriven en un mero rechazo a aquellos espacios que promulgan la conservación del ambiente. La autora de “¿Hacia dónde van los movimientos por la justicia climática?” facilita la categoría de “Justicia Climática” para así poner el foco en las acciones colectivas y no en las organizaciones, por ser estas últimas algo lábiles. Pues, si hacemos un breve recorrido histórico por estas organizaciones se puede ver lo heterogéneo y cambiante de estas estructuras, pero a la vez su dinámica, que muchas veces es espontánea y responde a demandas concretas, por ejemplo: contaminación en cauces de ríos que afectan la actividad pesquera, planes de urbanización que destruyen espacios verdes, parques o plazas, proyectos inmobiliarios que modifican el paisaje y su accesibilidad, etc.

Maristella Svampa

 

Así, el término “Justicia Climática” puede tener plena aplicación para las experiencias actuales pero rescata las voces de antiguos movimiento como el de “Justicia Ambiental”, nacido en los barrios de afroamericanos en Estado Unidos que denunciaba el racismo ambiental y la desigualdad; o también a aquellos  movimientos surgidos en nuestra región que adquirían el nombre de Ecología Popular o Ecología de los Pobres. Toda esta herencia, converge en un movimiento global radical, crítico al capitalismo, que exige que las políticas públicas se basen en el respeto mutuo y la justicia para todos los pueblos, como también, una valoración de las diversas perspectivas culturales. 
En esta línea, en los últimos años viene cobrando fuerza el recupero de las prácticas ancestrales Nuestramericanas, y no es casual pues la avanzada capitalista y su crisis civilizatoria exige debates profundos acerca de alternativas al actual modo de producción que, además de traer esperanza, nos doten de algunos herramientas concretas para el trabajo en  nuestras comunidades.  
No se pretende así promover una copia de las prácticas comunitarias, sino contribuir a las discusiones que pongan en cuestión los paradigmas y las matrices de pensamiento que han sostenido estos largos años producción/explotación capitalista, a lo que habría que agregar incluso la superación de perspectivas exclusivamente antropocéntricas, es decir, donde el ser humano es puesto como eje único y forma de vida superior a las otras. Rastrear líneas que permitan encauzar la organización de una vida digna de ser vivida, allí sin duda se encuentran perspectivas originarias como el Buen Vivir o Sumak kawsay (en quechua), ideas y experiencias ancestrales en nuestra región de fuerte sentido colectivo y solidario. 
Hace algunas décadas, un periodista y político peruano, José Carlos Mariátegui recuperaba el pensamiento indígena de su país: la propuesta de los liberales, criticaba, fue la ideología individualista y el fraccionamiento de los latifundios para crear la pequeña propiedad; algo hasta entonces desconocido por los pobladores. En su célebre “7 ensayos de interpretación de la realidad peruana” (1928) explicó que con la conquista española, se iba imponiendo un nuevo modelo económico, político y social cuyas consecuencias persistían hasta el siglo XX en que el pensador peruano denunciaba la profunda  desigualdad en su país
Previo a la conquista española, las sociedades originarias desplegaban su economía en convivencia respetuosa con la naturaleza; los procedimientos y tecnologías no configuraban un peligro para la misma. La vida en comunidad era posible, bajo lo que Mariátegui llamó la propiedad socialista de la tierra, asignada según la necesidad de las familias, el trabajo colectivo y la valorización por las deidades religiosas, entre otras.
Los principios económicos difieren totalmente de los hegemónicos vigentes. La economía comunitaria se sustentaba, en términos de Karl Polanyi, en la reciprocidad y la redistribución. El las comunidades Ayllu, por ejemplo, la reciprocidad se daba a través del trabajo entre familias para construir viviendas o para la agricultura por medio del Ayni, y la redistribución  se instrumentaba con la Mita, que consistía en poner en situación de trabajo movilizando a toda la comunidad para la construcción de senderos y caminos en favor del Estado, es decir, en beneficio de todes. El trabajo cobraba sentido cuando se realizaba con otres, más no se pensaba individualmente.
Toda la economía comunitaria y su organización fue posible gracias a la cosmovisión de estos pueblos que se ubicaban en la naturaleza, formando parte de ella y no sometiéndola. Al no existir propiedad privada de la tierra, todas las prácticas de organización social iban a contrasentido de lo que conocemos hoy. Porque, como  afirmaba Mariátegui, “la tierra era la alegría del Indio”, pues no era vista como un recurso al que se debía explotar en forma desmedida. Tal vez sea el momento de pensar en colectivo: ¿cómo hacer para recuperar esa alegría? ¿para frenar el capitaloceno e ir hacia nuevas formas de organización que recuperen algunos aspectos de las comunidades originarias y que contribuyan a cimentar indicios de una nueva era de intercambio mutuo entre nuestro ambiente y su respectiva biodiversidad?

 

1 Comunidad incaica organizada por lazos de parentesco y propiedad comunes.

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