La voz de Aida y la historia yugoslava en la pantalla

La voz de Aida y la historia yugoslava en la pantalla

 
La película La voz de Aida, de la directora de Sarajevo, mi amor (2006), Jasmila Žbanić, se ha estrenado en Francia a finales de septiembre. Con su título original Quo Vadis Aida (Bosnia-Herzegovina, Francia, Alemania, 2020) ya ha obtenido varios reconocimientos, entre ellos la nominación para el premio Óscar 2021 a la mejor película internacional, en EE UU. Se trata de una ficción histórica, la historia de Aida, una profesora de inglés de Srebrenica, reclutada como intérprete en el campamento de las tropas de la ONU que se suponía debían proteger el enclave musulmán en un territorio dominado por las fuerzas nacionalistas serbiobosnias y que tratará de salvar a su marido y sus hijos.
Por: Catherine Samary
La fuerza y el propósito de la película consiste en denunciar (es decir, en recordar y someter a debate) lo que fue un crimen contra la humanidad en una zona de seguridad de la ONU. Quien vaya a ver la película sabe que trata de la masacre de Srebrenica en julio de 1995, en Bosnia-Herzegovina. Sin embargo, los tres años de guerra transcurridos desde 1992 no se evocan más que por el cuaderno que ha ido escribiendo el marido de Aida y que destruirá por precaución sin que se llegue a conocer su contenido.
No voy a contar la película, pues se trata de una puesta en escena hábilmente construida como un thriller. La feroz e impresionante determinación de Aida, interpretada magistralmente por Jasna Djurićić, estructura la película, sin patetismo. La talentosa directora, Jasmila Žbanić, no hace de ella una heroína y sabe destilar sutiles discrepancias (léase críticas) con respecto a sus decisiones (centradas únicamente en su familia), que se expresan bien entre la población, bien en la familia de Aida. Pero la parábola pretende mostrar el drama vivido en un contexto que no deja muchas salidas.
El momento en que comienza la película tiene fecha precisa: 11 de julio de 1995. Después de tres años de guerra de limpieza étnica, toda una región de Bosnia-Herzegovina (BH) está bajo el control de las milicias y fuerzas armadas nacionalistas serbias, dirigidas por Ratko Mladić. La película no lo especifica, pero como es bien sabido, el propósito explícito de estas fuerzas es, tras el desmembramiento de la Yugoslavia plurinacional, anexionar esta zona de BH (una vez homogeneizada sobre la base de la población serbia, por medio de la guerra) a la vecina Serbia/1. El escenario se centra en Srebrenica, en la víspera de un asalto anunciado de las tropas de Mladić destinado a acabar de completar el control político del territorio serbio de BH/2. Para los nacionalistas serbios se trata de suprimir, tras varios años de combates abiertos, este enclave de mayoría musulmana.
Le película deja translucir ciertas tensiones, vacilaciones, perfiles diferentes en la población e incluso en la familia de Aida, especialmente por parte de uno de sus hijos, tentado de unirse a los combatientes ocultos en el bosque. Además, Aida recuerda algunos momentos felices del pasado que sin duda asombrarán a quienes sostienen ciertos tópicos sobre esos curiosos musulmanes bosnios, creyentes y practicantes o no. Otro signo de la sociedad del pasado, Aida es ciudadana de Srebrenica, profesora de inglés, musulmana en el sentido étnico-nacional de la palabra, que en aquel entonces designaba a la parte de la población eslava de Bosnia adscrita a la cultura musulmana, que desde entonces llaman bosniaca/3. Las diferentes culturas no impedían los encuentros entre vecindarios. Las escuelas eran, en este sentido, lugares de mestizaje. Así, Aida reconoce, desde lejos, entre las filas de Mladić, a uno de sus antiguos estudiantes, serbio, lo que refleja la realidad de la preguerra y también el presente de terribles enfrentamientos entre antiguos vecinos e incluso compañeros de clase.
Fue precisamente para poner fin a varios años de combates encarnizados que asolaron y destruyeron los cantones de esta región que la ONU declaró Srebrenica zona protegida después de haberla desmilitarizado. Al comienzo de la película, sus comandantes locales (procedentes de los Países Bajos) tratan de tranquilizar a la población que se apelotona tras las rejas del campamento que han cerrado. Frente al nuncio de un asalto, un ultimátum de la OTAN amenaza con bombardear los lugares de concentración de las fuerzas armadas de Mladić si no se alejan del enclave hasta una hora determinada. Pero la hora pasa y de las conversaciones telefónicas entre responsables de la ONU se deduce que el Alto Mando ha dado marcha atrás y prometido que no habrá bombardeos/4: se trata de reafirmar el supuesto estatuto de neutralidad de la la ONU, una fuerza de mantenimiento de la paz (una paz que todavía no existe). Por tanto, ya no es cuestión de blandir las amenazas de bombardeo de la OTAN… y Mladić lo sabe.
La directora nos muestra las dos caras de Jano –unidas y coherentes con el propósito indicado‒ de Mladić. Por un lado, discursos aparentemente apaciguadores de negociadores, que no solo se creerán los dirigentes de las ONU, sino también una parte de los bosniacos (no sin lúcidos comentarios de una de sus protagonistas). En esta perspectiva, Mladić hará aque se reparta pan a la gente hambrienta y les dirá que está harto de esta guerra que no desea. Afirma que dejará que la población decida si se queda o prefiere irse, escoltada por la ONU.
Pero también se le ve recorrer y ocupar una Srebrenica desierta, eliminando todo signo (bandera) de rebelión e identidad musulmana. Y mientras negocia, asistimos a una escena construida con maestría: uno de los comandantes de Mladić viene con su batallón armado hasta los dientes y exigir –y obtiene rápidamente el visto bueno de los dirigentes de la ONU– la autorización para penetrar en el campamento a fin de comprobar que los hombres refugiados en él no llevan armas ocultas. Después de constatar la ausencia de armas, lanza en tono burlón un comentario ominoso: tres años de guerra, dice, han convertido a todos en combatientes (resistentes potenciales…). Finalmente, exige y obtiene la evacuación del campamento: el Tribunal de la Haya solamente condenará esta dejación de los comandantes neerlandeses de la base de la ONU/5.
Sigue la última fase del macabro plan –y de sus dos vertientes de expulsiones/huidas y masacres–: separación de las mujeres y los niños y niñas de los hombres (de todas las edades). Estas familias truncadas deberán desplazarse en autocar a municipios situados fuera del territorio serbio, mientras que los maridos, padres, hermanos e hijos serán trasladados a destinos secretos. Y abatidos en masa. Este desenlace no es el final de la película, que no se detiene en la sucesión de actos de violencia. No obstante, una de las masacres en un hangar condensa su temática. La escena concluye en una escuela, donde Aida volverá a enseñar. Con motivo de una fiesta, el alumnado presenta un espectáculo. Desde lo lejos, Aida reconoce, petrificada, a un alegre abuelo que estuvo con las tropas de Mladić. No hay conclusión. Una mirada penetrada de sufrimiento. Y muchos interrogantes e incertidumbres sobre el futuro.
Todos los años desde finales de la década de 1990 (la posguerra, por tanto), el 11 de julio las esposas, hermanas, hijas y madres de aquellos hombres fríamente asesinados se reúnen cerca de Srebrenica con cientos de personas. A día de hoy, más de 8.000 nombres aparecen inscritos en el Memorial de Potočari-Srebrenica creado en homenaje a las víctimas después de años de investigación que todavía prosigue y de exhumaciones de fosas.
El embudo de la película, y más allá
Quo Vadis Aida no es un documental, por mucho que relate, con talento, hechos reales. Interpela, estableciendo únicamente la obligación de ver la punta del embudo, esos hechos que ofrece para su análisis e interpretación. Se puede subir por el embudo, hasta el núcleo de la película y más allá. Los debates en torno a la película lo permitirán. Esta no es más que una de las numerosas contribuciones posibles…
En primer lugar podemos hacer el esfuerzo de captar lo que encarna el personaje de Aida y –con toda su diversidad– su familia. Hacerlo exige ampliar un poco el enfoque a la población de Srebrenica, su diversidad, su historia, antes y durante los tres años de combates. Pero el personaje de Aida obliga asimismo a penetrar en los círculos de la ONU, ante todo en el campamento de los Cascos Azules que la ha reclutado como intérprete, y de inmediato en la cúpula de dirigentes de la institución.
Sin embargo, también podemos salir de la película y ampliar todavía más el enfoque prosiguiendo con la investigación sobre los hechos históricos. Por un lado, en el plano internacional, más allá de la ONU, examinando los contextos (fin del mundo bipolar, disolución del Pacto de Varsovia, pero… continuidad de la OTAN (!). En la película solo se menciona a los Países Bajos, pues son sus tropas las que tienen la mala suerte de asumir la responsabilidad sobre aquel campamento. Pero hemos de preguntarnos por los lazos entre ONU y OTAN, visibles en la película, durante la crisis yugoslava: esta facilitará la transformación y ampliación de la OTAN, cuando en 1991 habían desaparecido la URSS y el Pacto de Varsovia. La película transluce el esbozo de un binomio –la OTAN como brazo armado de la ONU– que conduce al embrollo (de los rehenes) y a la dejación arriba mencionada.
Pero de Srebrenica a los demás territorios de la antigua Yugoslavia, ¿qué planes (¿negociados por quién?) y qué mantenimiento de la paz debían aplicar los Cascos Azules? El embudo de los hechos de Srebrenica debe ensancharse todavía más hasta las negociaciones de Dayton que pusieron fin a esta guerra, tan solo unos meses después. La mayoría de las personas que vean la película habrán olvidado sin duda quiénes fueron los protagonistas de las negociaciones que se desarrollaron inmediatamente después de la masacre de Srebrenica y que concluyeron con los acuerdos de Dayton-París, en diciembre de 1995. Se trata de bastante más que un compromiso de alto el fuego elaborado en Dayton (Ohio, EE UU), a saber, de la nueva Constitución de un país declarado soberano (bajo la presidencia de Ilia Izetbegovic, uno de los signatarios de los acuerdos), pero dividido en entidades sobre bases étnicas que validan las relaciones de fuerzas sobre el terreno.
Los otros dos signatarios de los acuerdos serán Slobodan Milosevic (presidente serbio de lo que quedaba de la federación yugoslava con Montenegro) y el dirigente croata Franjo Tudjman, es decir, los dos presidentes de los Estados vecinos. Se considera que representan respectivamente a los serbios y los croatas de BH, como Izetbegovic se presenta como encarnación de los musulmanes.
Esto significa que hay que analizar tras los discursos dominantes dos grandes series de disrupciones históricas en curso a mediados de la década de 1990: por un lado, los actores internos de la crisis del sistema y de la federación yugoslava titista (y por tanto de la transformación de las relaciones de propiedad, derechos sociales y nacionales, ideologías y poderes de Estado que comporta la restauración capitalista en curso), con el debate sobre sus causas. Ha que incluir en ello el impacto de la crisis más amplia de las experiencias que se reclamaban del socialismo y del fin a la URSS de Gorbachov. Y por otro lado, las fases y escenarios de la crisis del orden capitalista mundial en sus dimensiones europeo-occidentales con la creación de la Unión Europea (UE). En el cruce concreto de las dos historias, las negociaciones de Gorbachov con el canciller alemán y la unificación alemana, en la opacidad del vuelco histórico de 1989.
Dicho de otro modo, la desintegración consumada de la federación yugoslava (declaraciones de independencia de Eslovenia y Croacia en 1991) y el estallido de enfrentamientos violentos en Croacia primero y en Bosnia-Herzegovina después, se producen en pleno proceso de construcción harto incierta de la UE, en conflicto con los proyectos de EE UU y en el que la pareja franco-alemana es totalmente incapaz de acordar una política exterior común con respecto a la crisis yugoslava. La opacidad de esta –aunque solo fuera debido al cambio de etiquetas políticas de los dirigentes locales– y los enfrentamientos armados sobre el terreno para apoderarse de territorios y propiedades en nombre de los nuevos Estados-nación se producen en contextos cambiantes.
La clarificación de todo esto no es para nada necesaria para ver y entender la película La voz de Aida; ni para saber y convencerse de que en Srebrenica hubo un crimen contra la humanidad y un fracaso flagrante de la ONU. Por eso no cabe reprochar a la directora la elección del argumento, aunque las poblaciones del espacio yugoslavo y de BH (especialmente serbias) que sufrieron otras masacres o expulsiones masivas difícilmente aceptarán la película. Le reprocharán que haya aislado un caso concreto de un conjunto necesario para la plena comprensión, inclusive de lo que padecieron las poblaciones musulmanas (en el sentido étnico-nacional indicado), que pusieron el 70 % de las víctimas cuando representaban el 40 % de la población.
Si es cierto que la estabilización del conjunto del espacio yugoslavo será imposible sin justicia política y social frente a todos los crímenes cometidos, que suponga no dejar de lado a ninguna de las víctimas, la película no impide nada al respecto. Hay que tomarla como uno de los aspectos verdaderos (parciales) de realidades ensambladas. Negar o minimizar la realidad mientras no se aborde y relate todo lo demás conduce a un callejón sin salida. Limitarse a Srebrenica, o a la película exclusivamente, también.
Independientemente de su nacionalidad, su historia, sus experiencias (incluidos esos dramas tan crueles), toda persona debe emitir un juicio claro, incondicional, sobre Srebrenica. Dado que no hay que quedarse allí, he emprendido aquí el remonte necesario por el embudo que abre la película y reproduzco a continuación extractos de textos (entre muchos otros) sobre la realpolitik de las grandes potencias en Dayton, y sobre los protagonistas de aquellos acuerdos.
Tan solo una observación más, para concluir estos comentarios, a propósito de las controversias en torno al calificativo de genocidio aplicado a esta masacre en las sentencias de la Corte Penal Internacional de La Haya. Comparto personalmente el juicio de Rony Brauman, expresidente de Médicos Sin Fronteras, quien subraya que hablar de genocidio no es correcto, ya que no mataron a las mujeres ni a los niños y niñas. Pero no cabe ninguna duda de que se trata de una masacre, un crimen de guerra y un crimen contra la humanidad contra “hombres en edad de llevar armas”. Sin embargo, es posible precisar más la calificación, inspirándonos, en mi opinión, en analogías con el caso palestino. El conjunto de medios desplegados –no únicamente la masacre– apunta expresamente a una limpieza étnica de territorios, cuya lógica puede trazarse en un mapa. Engloba a un pueblo mucho más allá de la religión y de Srebrenica. Y no niega su legitimidad histórica sobre el territorio en cuestión.
El término etnocidio que se ha empleado para describir la política sionista hacia el pueblo palestino me parece apropiado, con el emplazamiento a la población musulmana de Bosnia a desaparecer o asimilarse a Croacia o a Serbia. Esta violencia multidimensional impone la religión como única base de la identidad de la población bosniaca. También es violencia vivida y rechazada por gentes serbias y croatas de Bosnia-Herzegovina que no se reconocen en las políticas nacionalistas o religiosas de los partidos dominantes.

12/10/2021

 

 
Anexo/10 – Extracto del texto De la disparition sanglante de l’ex-Yougoslavie
De la alianza Milosevic-Tudjman al desmembramiento étnico de Bosnia-Herzegovina

 

La etiqueta socialista diferenciaba en parte y provisionalmente dos variantes de la transición postitista. Diferencias iniciales tan importantes como las que marcaron las diversas repúblicas yugoslavas podían observarse también entre Rumanía y Hungría o Polonia. Y hoy ya se sabe lo que valía la socialista en una Polonia en la que los ex se han convertido en el punto de apoyo de EE UU en la nueva Europa y la guerra de Irak.
El hecho de que el partido de Milosevic ostente la etiqueta socialista ha sido una trampa catastrófica para la izquierda yugoslava y no puede darse por cierta por parte de quienes tienen interés en que las palabras y las decisiones recuperen sentido. Podemos resumir lo que asemejaba en la práctica los regímenes de Slobodan Milosevic y de Franjo Tudjman a pesar de sus diferencias y conflictos parciales:
– la misma voluntad de apropiación territorial estatal de una propiedad social que en la Constitución de 1974 era societal, no territorializada; el clientelismo en las privatizaciones;
– los cambios constitucionales introducidos por Belgrado y Zagreb a comienzos de la década de 1990 con formas diferentes, pero con la misma lógica de degradación agresiva de los derechos nacionales adquiridos bajo el titismo por las comunidades minoritarias de ambas repúblicas: Kosovo perdió su estatuto de semirrepública y la población albanesa debía aceptar la ciudadanía serbia al estilo universalista francés; paralelamente, Croacia perdió su carácter plurinacional, convirtiéndose en Estado exclusivo del pueblo croata, y la población serbia perdió la condición de pueblo;
– idéntico trato ideológico y político dado a Bosnia-Herzegovina, a los derechos y los pueblos que se habían consolidado allí, como creaciones artificiales de Tito: trataron de resolver sus propios conflictos sobre la base de una partición étnica de Bosnia-Herzegovina;
– en cuanto a los regímenes políticos, ambos poderes combinaron la acción de fuerzas paramilitares entre bastidores con un régimen parlamentario y pluralista (suficientemente pluralista, por cierto, para que uno y otro quedaran en minoría en determinadas regiones o ciudades de su república respectiva: el partido de Milosevic fue minoritario en Belgrado y en varias grandes ciudades desde 1996);
– ninguno de los dos ha asumido explícitamente una lógica de guerra; por el contrario, ambos han buscado compromisos para poder ser interlocutores de las grandes potencias al ser más moderados que su extrema derecha.
Hubo una especie de juego de espejos entre los dos regímenes de Belgrado y Zagreb. La política de Franjo Tudjman quedó tanto más ocultada y blanqueada cuanto que denunciada en Belgrado. Y viceversa, la realidad reaccionaria del régimen de Tudjman cegó a los defensores del régimen de Milosevic (o les indujo a mantener un silencio culpable) con respecto a los trabajos sucios cometidos por las milicias del régimen y de su mercenario Arkan y/o por las milicias de los aliados nacionalistas serbios del Partido Socialista, a comienzos de la década de 1990, en Kosovo, Croacia y Bosnia.
Los discursos antiserbio y antisemita de Tudjman, el retorno de los símbolos y las milicias ustachis, incorporados al ejército croata oficial, la diabolización del serbocomunismo para valorizar mejos a los seudodemócratas croatas y la rehabilitación de un pasado y de dirigentes fascistas, todo esto se denunció en Belgrade y por tanto quedó en gran medida oculto o minimizado en los medios dominantes: el nacionalismo croata era meramente defensivo (!), decían. Ahora bien, el objetivo de la Gran Croacia tenía una fuerza institucional, ideológica y militar visible para quien quisiera verla, concretamente en dos aspectos:
1/ Por un lado se trataba, de cara adentro, de reconstruir una croacidad sectiva como base de la nueva Constitución y de modificar el estatuto de los serbios para reducirlos a la condición de minoría.
2/ La lógica de la Gran Croacia se prolongaba de cara afuera sobre Bosnia-Herzegovina. Primero lo hizo hipócritamente: por un lado con la concesión del derecho a voto a la población croata de Bosnia-Herzegovina, anticipando una incorporación al mismo Estado; pero también, desde 1991, cuando se reconoció la soberanía de Bosnia-Herzegovina, mediante la puesta en práctica de una política de expansión territorial. Hubo diversas variantes: una, preconizada por las tropas ustachis, pretendía agregar el conjunto de Bosnia a Croacia y por tanto respetaba públicamente la integridad de Bosnia-Herzegovina. La otra, más moderada, defendida por el partido de Tudjman (HDZ), pretendía la territorialización de la población croata de Bosnia-Herzegovina en Herceg-Bosna, incorporada a Croacia, junto con su capital, Mostar, para poder ampararse en la autodeterminación del pueblo croata, simétrica a la reivindicación separatista bosnio-serbia.
Los nacionalismos serbio y croata de Bosnia-Herzegovina, apoyados respectivamente por Belgrado y Zagreb, compartían la misma lógica de territorialización violenta y forzada de los pueblos, que todavía fragiliza la Bosnia-Herzegovina actualmente. Para ello hubo que destruir la piel de leopardo que era Bosnia-Herzegovina, donde casi ningún municipio era étnicamente puro: el derecho de los pueblos [en sentido étnico-nacional] a la autodeterminación (separatista) pasaba en la práctica por la limpieza étnica de sendos territorios con vistas a construir Estados viables que pudieran unirse a los Estados vecinos, poniendo en fuga de manera irreversible a las poblaciones locales hostiles a esta separación.
Para legitimar esta lógica, Belgrado y Zagreb, junto con sus aliados sobre el terreno, explotaron una falsa ecuación: musulmán en sentido étnico-nacional = musulmán religioso = islamista = terrorista en potencia. Blandieron la declaración islámica redactada en 1970 por Alija Izetbegovic y reproducida a comienzos de la década de 1990 y todas las ambigüedades de la política de Izetbegovic, que no ayudó a consolidar la confianza en un Estado común. Alija Izetbegovic osciló entre un proyecto islámico (a veces dispuesto a aceptar un Estado musulmán, incluso títere, en las negociaciones de paz) y el nacionalismo musulmán bosniaco, centrado en primer lugar en el mantenimiento de las fronteras de Bosnia-Herzegovina; y entró en conflicto, incluso entre los musulmanes bosniacos, con la orientación de una resistencia fiel a la laicidad y al mestizaje bosnio.
La propaganda de Belgrado y Zagreb mostraba aspectos autocumplidos: la violencia ejercida contra las poblaciones musulmanas acorraladas, que pusieron el 70 % de los cerca de 100.000 muertos de la guerra, podía generar cierta radicalización islamista entre los musulmanes; la solidaridad legítima del mundo musulmán con la llegada a Bosnia de muyaidines acreditaba a su vez las tesis de un peligro islamista, manipuladas por Belgrado y Zagreb.
Sin embargo, es sobre todo en las regiones de mayoría musulmana, como la de Tuzla, donde los partidos ciudadanos marcaron más puntos, desmintiendo la ecuación de que se ha hablado más arriba. El propio SDA, partido de Alija Izetbegovic, albergaba numerosas corrientes y conoció escisiones alejadas del integrismo musulmán. El proyecto de un Estado musulmán no era atractivo en el contexto bosnio, ni siquiera, por cierto, para quienes deseaban propagar una renovación religiosa protegiéndolo de los estragos causados por los comportamientos clientelares y las prácticas corruptas de la integración en el poder del Estado. Por tanto, si existían diversas corrientes islamistas, era falso pretender que Bosnia-Herzegovina se había desarticulado debido a una amenaza islamista, y si esta pudo crecer, lo hizo en primer lugar como reacción a las agresiones sufridas por las poblaciones musulmanas.
La tesis del único agresor serbio vino reforzada por el discurso de Sarajevo al comienzo de la guerra. Luchar en dos frentes y denunciar a quienes contaban con el apoyo de EE UU era sin duda difícil: la resistencia de la armija de Sarajevo, multiétnica y no exclusivamente musulmana, necesitaba armas. La vía de suministro de toda ayuda enviada a la resistencia pasaba por Croacia y Herceg-Bosna, que también eran la única retaguardia posible para los refugiados musulmanes. Claro que se trataba de una retaguardia trampa, una toma de rehenes que ponía el discurso en sordina de manera desastrosa. En el movimiento de solidaridad contra las limpiezas étnicas, las presiones croatas para que solo se denunciara a un agresor y un tipo de violador étnico fueron terribles, el movimiento feminista lo sabe, especialmente Rada Ivekovic, feminista croata acusada como una bruja porque se había atrevido a decir que también había violadores croatas.
La inestabilidad de los sucesivos planes de paz, hasta llegar a Dayton, tuvo que ver fundamentalmente con el carácter inconcluso, y por tanto con la progresión sobre el terreno de los dos proyectos estatales bosnioserbios y bosniocroatas, cuyos avances se pueden seguir en los mapas. Radovan Karadzic y Ratko Mladic a la cabeza de las milicias bosnioserbias y Mate Boban a la cabeza de las milicias bosniocroatas, fueron invitados a participar en las negociaciones de los planes de paz hasta Dayton. Se reunieron en Graz (Austria) y sobre el terreno se pudo ver a milicianos de los dos bandos brindar en los aledaños de la Sarajevo asediada por un único agresor.
Los primeros habían recibido el armamento y las infraestructuras del ejército popular yugoslavo cuando se retiró de Bosnia-Herzegovina; los segundos obtenían la ayuda directamente del ejército croata. Esta es la causa central de las guerras de limpieza étnica y el motivo por el cual la población musulmana (menos del 45 % de la población total), atrapada entre dos fuegos, aporta alrededor del 70 % de las víctimas.
[…] El fin de la guerra en Dayton se logró sobre la base de dos conjuntos de condiciones; los bombardeos de la OTAN contra objetivos bosnioserbios desempeñaron un papel totalmente marginal, sirviendo como cortina de humo para justificar en EE UU el paso de un discurso que demonizaba a Milosevic a un acuerdo que se apoyaba en él (en Washington se decía que se había hecho gala de una política enérgica para forzar a Milosevic a aceptar el compromiso, cosa que estaba bastante lejos de la verdad). Como subrayó Richard Holbrook, la vertiente político-militar del acuerdo era global y regional, precisamente con la esperanza de una estabilización de conjunto, pero portadora de dilemas que hoy salen a la superficie.
No hubo vencedores ni vencidos; el acuerdo firmado, por tanto, era sumamente contradictorio: el presidente bosniaco lo firmó porque se mantenía como presidente de Bosnia-Herzegovina, cuyas fronteras permanecían intactas; los demás, porque se consagraron las limpiezas étnicas con la creación de las dos entidades de Bosnia-Herzegovina y se autorizaban los vínculos confederales de cada entidad con los Estados vecinos. Franjo Tudjman, en nombre de Croacia, y Slobodan Milosevic, en el de Serbia, firmaron porque uno y otro se consolidaban en sus puestos gracias a este acuerdo, tanto a escala internacional como en Bosnia-Herzegovina y en sus respectivos países.
En efecto, Franjo Tudjman no se avino a firmar el acuerdo de Dayton hasta que se reguló la cuestión serbia en Croacia mediante la limpieza étnica de varios cientos de miles de habitantes serbios durante el verano de 1995, con lo que se redujo su porcentaje en el conjunto de la población croata del 12 % al 5 %, con el conocimiento y el visto bueno de las grandes potencias, del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY) y de Milosevic; este, a su vez, salió ganando al aceptar la limpieza étnica de la población serbia de Croacia, previa a los acuerdos de Dayton, a cambio del reconocimiento internacional y el silencio en relación con Kosovo.
Además, Belgrado trató de canalizar a la población serbia que huía de Croacia hacia la Republika Srpska y Kosovo, a fin de consolidar allí la presencia étnica serbia. Salía ganando asimismo en detrimento de sus antiguos aliados bosnioserbios: en vísperas de los acuerdos de Dayton, Ratko Mladic y Radovan Karadzic, responsables directos de las masacres de Srebrenica, fueron imputados por el TPIY. Esto es lo que permitió a Milosevic firmar los acuerdos de Dayton en su lugar “en nombre de todos los serbios”. Conviene precisar que solo pudo hacerlo con cierta legitimidad ante la población serbia de Bosnia porque la Republika Srpska, fruto de las limpiezas étnicas llevadas a cabo por Karadzic y Mladic, era reconocida constitucionalmente como una de las dos entidades de Bosnia-Herzegovina. El enclave de Srebrenica fue abandonado por Sarajevo, pero debía ser protegido por las fuerzas de la ONU y de la OTAN, cosa que no ocurrió.

 

Algunos daños colaterales de estos acuerdos para el TPIY:
1) Estas masacres de Srebrenica fueron calificadas de genocidio durante el juicio ante el TPIY contra el general Krstic. Este fue condenado por el tribunal de apelación, no por haber propiciado esta masacre o genocidio, sino por no haber intervenido para impedirlo. El TPIY no tenía ninguna prueba de la existencia de una cadena de mando que implicara a Milosevic en la decisión sobre la masacre, en cuyo caso habría sido condenado probablemente sobre bases similares a Krstic, pero las grandes potencias fueron directamente responsables de la falta de protección de estas poblaciones.
2) Franjo Tudjman murió en 1999 sin haber sido imputado, cuando su ejército y su régimen estuvieron implicados directamente en las violencias contra la población serbia de Croacia y en la limpieza étnica de Herceg-Bosna, particularmente de Mostar.
3) Finalmente, la resistencia pacífica albanesa, dirigida por Ibrahim Rugova, perdió en Dayton toda esperanza de reconocimiento internacional, lo que dio lugar a la activación del Ejército de Liberación de Kosovo (UCK)/11)

 

Notas

1/ La película tampoco menciona el hecho de que simultáneamente se persigue el mismo objetivo en Herceg-Bosna por parte de las fuerzas y milicias nacionalistas croatas con respecto a Croacia; es decir, la población bosniaca de BH queda atrapada entre dos fuegos, léase entre dos proyectos concertados de las fuerzas nacionalistas serbias y croatas de BH, sobre el trasfondo de un entendimiento entre los dirigentes de Serbia y Croacia. Retomo esta cuestión más adelante.

2/ En una lógica que aspira a la autodeterminación de la población serbia de BH, se autoproclamó la república (Republika Srpska) de Bosnia, lo que los acuerdos de Dayton reconocerían como entidad serbia de BH, validando así las limpiezas étnicas.

3/ Recordemos que en la Yugoslavia titista multinacional, como en las repúblicas (en su mayoría no homogéneas), especialmente en la de BH, se distinguía en el plano constitucional la ciudadanía (yugoslava o, en BH, bosnia), derivada del ius soli universal, y por otra parte la nacionalidad o

pertenencia declarada (voluntariamente) a uno de los pueblos constituyentes de la federación multinacional, con formas de representación no proporcional a su número en una Cámara ad hoc de las nacionalidades, paralela al equivalente al parlamento. Estos pueblos, en sentido étnico-nacional, surgían de génesis históricas diversas y de una subjetividad evolutiva de las personas y a menudo múltiple; BH no contaba con una mayoría étnico-nacional (un poco más del 40 % de la población bosnia era musulmana (bosniacos), alrededor el 33 % bosnioserbia y un 15 % croata.

4/ Esta retirada es real. Sin embargo, la película no explica cómo se produjo: el 4 de junio de 1995, el comandante francés de las fuerzas militares de la ONU en la antigua Yugoslavia, general Bernard Janvier, se reunión en secreto con el general Ratko Mladić para negociar la puesta en libertad de varios centenares de Cascos Azules tomados como rehenes tras los primeros bombardeos de la OTAN, que hacía las veces de brazo armado de la ONU. Más de la mitad de los rehenes eran franceses. Mladić exige de Janvier que cesen los bombardeos aéreos, cosa que se le concede. La película se sitúa de hecho en este marco.

5/ La película menciona el hecho de que los Países Bajos están a cargo de la base de la ONU. Hay que saber que el 16 de julio de 2014, el tribunal de La Haya resolvió que el Estado neerlandés era responsable civil de 300 muertes ocurridas en Srebrenica debido a que los soldados neerlandeses no debieron haber evacuado a esos hombres de la base en que se habían refugiado.

Traducción: viento sur

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